Políticos de temporada

I want it all, I want it now
Aunque seguramente no es lo mejor que podría hacer el día de mi cumpleaños, he estado todo el día viendo vídeos (con subtítulos o en inglés) del político local que parece que se está convirtiendo en la revelación de la temporada. El señor Geert Wilders, representante del PVV (en román paladino es el partido de la libertad) ha obtenido unos resultados relativamente buenos en las elecciones locales (a las que por cierto un servidor estaba invitado a votar, sorprendentemente) consiguiendo la alcaldía de la localidad de Almere y siendo el segundo partido más votado en la ciudad en la que resido, La Haya.
El motivo por el cual escribo esto no es otro que haber superado el asombro que provoca la efectividad de los cantos de sirena de los políticos de extrema derecha en un país que considero civilizado como Holanda. Me he leído el programa político, los discursos y he visto la película de 15 minutos dirigida bajo sus auspicios, llamada Fitna. He escuchado sus palabras en el parlamento de La Haya y una entrevista con la norteamericana Fox haciendo gala de su visceral rechazo al Islam. He visto que compañeros míos apoyan a su partido e incluso he leído algo de su biografía. Y me sigue pareciendo un camelo.
Tengo varios motivos para pensar esto. Antes de nada quiero descartar ningún tipo de prejuicio político, Dios sabe que si tengo alguno es precisamente contra la gente de ideología precisamente contraria a la de este señor y estoy más que abierto a la exposición de ideas precisamente cuanto más chocantes o quizás novedosas me resultan. Y puedo asegurar que las de Wilders son bastante poco convencionales.
En general su postura es la siguiente: el Islam y el Corán, consideradas como ideología, son dañinos para la sociedad occidental en su más amplio sentido y particularmente para los países que ponen por delante los derechos de los ‘nuevos ciudadanos’ sobre los ‘originales’. Nótese como el hecho racial (nosotros contra ellos) se hace patente desde el primer momento. En segundo lugar, en su ideario político brilla la inmediata discriminación de los ciudadanos de origen ‘distante’, de tal forma que por ejemplo si un ciudadano holandés de origen marroquí cometiera un delito, sería posible expulsarle del país. O tasar a los ciudadanos que lleven símbolos distintivos de religiones ‘no nativas’ con un impuesto similar al de circulación.

Parece un cura pero es un Nazi
Quiero hacer patente que quiero evitar en cualquier momento hacer uso del comodín nazi (aquí sería el comodín NSB) y hacer buena la ley de Godwin. Nada más lejos de mi intención, pero es difícil hacerlo cuando tanto la propaganda como el ideario es tan cercano tanto en el espacio como en el tiempo, disculpen la licencia.
Muchos ciudadanos de este país ’sienten’ que Holanda está perdiendo parte de su carácter a manos de los ‘nuevos ciudadanos’, hecho no discutible y ni siquiera argumentable. La multicultularidad, el gran estado europeo y la tolerancia son los grandes males en palabras de Wilders, haciendo acopio de muchas de las marcas del mal que sus equivalentes austriacos y franceses llevan haciendo ya varios años, aunque los políticos de extrema derecha del país de los tulipanes rechazan dicha cercanía ideológica. Paradójicamente.
Otro aspecto importante es el acercamiento al electorado joven lanzando ideas políticamente correctas, antes propiedad de los socialistas y laboristas (rechazo a los malos tratos, respeto a la homosexualidad, etc.) que tradicionalmente eran rechazadas de plano. Uno de los mártires de la extrema derecha holandesa, Pin Fortuyn, era homosexual declarado. Fue asesinado por un ciudadano presuntamente por sus ideas contrarias al Islam. El político del que hablamos hoy es su sucesor y hace buen uso tanto la causa como de la figura del mártir sin pudor alguno.
Más. El uso descarado de falacias de primero (Falacy 101 como dirían los yanquis) como ’si no quieres que tus hijas o nietas lleven velo, vótanos’ responde al descontento en general con la clase política, dominada como en Austria durante años por sus Cánovas y Sagasta, PPSOE de turno y el auge de ideas políticas ‘alternativas’ al tradicional dueto liberalismo-social-democracia con sus distintos colores y sabores. Si es una consecuencia de estar situados tan arriba en la pirámide de Maslow, no lo se. La crisis de las ideas, tras la caída del muro de Berlín ha sido repetida y analizada hasta la saciedad pero nadie pensó que tardara tanto. Siempre hace falta un revulsivo, los ‘atentados’ del 11 de septiembre, los asesinatos de Fortuyn y Van Gogh, el 11M para que surja un oportunista deseoso de ocupar un nicho que crea la angustia, el miedo o el descontento. Por desgracia es tan difícil de prevenir como de remediar, y uno de los motivos es precisamente la tolerancia a la ‘falta de tolerancia’ que suele ser la marca de estos oportunistas. El mentiroso que acusa a los demás de serlo, creando la defensa para cuando él sea acusado de lo mismo tras lanzar la anterior. Es fallar en el dilema del prisionero, es poner los intereses de los demás por delante de los tuyos, es engañar y engañarte pensando que existe una solución fácil y que nadie había pensado, siendo tú (él) el iluminado que tiene la varita mágica para resolver todos tus problemas.
Todos somos susceptibles a estas ideas, el motivo de escribir esto es haber sentido al mismo tiempo que una profunda repulsa una inevitable curiosidad por ver que hacía a este señor tan atractivo al holandés de andar por casa. Por desgracia es lo mismo que hace ZP tan popular en España, y las consecuencias serán tan desastrosas como en España si este señor gana la tercera posición (actualmente son los quintos) en la liga de partidos holandeses, ya que tradicionalmente los gobiernos son de coalición y presumo que la presión será enorme para el resto de partidos. Querrán competir con el PVV y para ello tendrán que radicalizar su discurso y hacer buenas alguna de las propuestas de Wilders si no quieren verse arrollados (privados de la teta, vamos) por la extrema derecha, especialmente la derecha tradicional que vive sus horas más bajas actualmente, y el caldo de cultivo del votante de Wilders.

Esto es lo que nos espera
No quiero dejar de lado a los políticos actualmente en el poder (en realidad el gobierno holandés ha dimitido en pleno hace una semana, a cuenta de la polémica sobre enviar o no más tropas a las ‘guerras santas’ o ‘reconquistas’ promulgadas a cuenta del 11S). La cobardía, el miedo pero sobre todo la auto-complacencia son en parte culpables del ascenso al poder de políticos como Wilders. Crean el caldo de cultivo perfecto, cuando falla o se ignora la comunicación, o cuando se miente, para que los iluminados te cuenten ’su verdad’. Crear un enemigo imbatible y cercano (comunistas, judíos, árabes) es el primer paso para justificar casi cualquier cosa, normalmente usando como excusa la ’seguridad pública’. Es una historia tan vieja como el mundo, desde Roma hasta hoy, y no por ello menos efectiva al depender tan extensamente de la naturaleza más básica del ser humano.
En esa línea va el segundo error que han cometido los políticos de los países que sufren este tipo de ‘nuevas ideas’ en su espectro electoral. Confiadamente creen que un partido que no tiene un plan de gobierno, que sólo promete cosas fáciles de decir y difíciles de cumplir (a ver como dices en Bruselas que retiras la nacionalidad a un ciudadano holandés basándote en la de sus abuelos) posiblemente no ganará un sólo voto. Aquí estoy haciendo un ejercicio de confianza tanto en la inteligencia de los políticos en la mayoría de países (España está fuera de la lista) como en su capacidad para aislarse en una torre de marfil donde sólo hablas con gente que sabe cuál es la capital de Bielorrusia (buen momento para buscarlo en la Wikipedia).
Creo que la dispersión del discurso está alcanzando lo intolerable, perdón por el juego de palabras. Así que en resumen:
- Políticos oportunistas como Wilder han surgido, surgen y surgirán.
- Simplifican el discurso a su conveniencia, prometen cosas imposibles o tan caras de poner en práctica que acaban provocando una situación peor que la que prometen evitar. Hay que hacer notar que aunque exista una solución que no incluya ruptura o un precio demasiado alto los políticos en el poder evitan adoptarlas motivados por razones a corto plazo y seguros de tener su puesto asegurado.
- Emplean falacias fáciles de detectar para una persona educada pero no tanto para la mayoría. Es tentador pensar que un país de gente educada no caerá en la trampa, pero siempre hay una falacia más sofisticada, una élite más educada. No es excluyente que este grupo, aunque consciente de la gravedad de la situación se vea seducida y apoye o permita estos movimientos cuyos líderes identifican como pertenecientes a su ‘clase’, asumiendo que nunca atacarán a los ’suyos’. Bertol Brecht tiene una frase muy conocida al respecto, creo que apócrifa.
- Los políticos convencionales menosprecian y ningunean a estos oportunistas, dándoles no sólo alas sino justificando su discurso en el que normalmente se denuncia su inacción o ineficacia. Si por contra optan por darles importancia y argumentar con ellos, también pierden al legitimar su discurso: sus argumentos son falaces y más efectivos de cara al público.
- El nicho de donde se alimentan es una sociedad donde la desconexión entre la clase política y la sociedad es palpable pero difícil de delimitar en la práctica. El objetivo del oportunista es agrandar esa brecha y ocupar dicho espacio político antes de que la jerarquía pueda encontrar fallos o incoherencia en el discurso del oportunista, inevitables por otra parte. La propaganda suele ser el mejor arma en esta situación.
- Como consecuencia natural, el poder de un oportunista es incompatible con un sistema participativo: en el mismo momento en que otros oportunistas aparezcan alentados por el olor a poder (por ejemplo los múltiples bandos en la guerra civil española, comunistas en la Alemania de entre guerras) el único resultado posible es el exterminio de todos ellos menos uno, el más fuerte y normalmente el más duro para perjuicio del ciudadano que se ve arrastrado como un peón.
- Al final todo se resume en un juego de poder donde el viejo régimen declina en su propia auto-complacencia y una serie de oportunistas eligen primero ensanchar y después ocupar el espacio político que surge como consecuencia de lo anterior empleando una estrategia donde ellos sólo tienen que ganar poder y el resto de los ciudadanos sólo pueden perderlo todo.





fer 1:23 pm on January 27, 2010 Permalink
Buff, que me ha gustao siempre esta paya de la foto…